El Otoño está Llegando...


¡Y estamos casi en Octubre! Y llevo sin publicar una entrada desde hace... No sé, ¿mucho? xDDD Así que ya de vuelta del verano (maldito verano... Le deja a una sin energías), voy a darle la bienvenida al otoño enseñando algo que hice durante los pasados días aburridos de Agosto :3

Se trata de una especie de... Chaleco... Si xD Un chaleco underbust reversible, hecho con antelina y tela brocada :3 La idea es que se pueda adaptar a cualquier conjunto que una se quiera poner, y además al poder intercambiar los lazos, lo hace más personalizable.











Y este es el susodicho chaleco por ambos lados. Próximamente (y si el tiempo me lo permite xD), haré otro modelo de chaleco inspirado en el Sombrerero Loco :3

¡Qué paséis buen fin de semana! ^^






RED RUM


Entró en la habitación roja y cerró la puerta. Al principio, había pensado en pintar aquellas cuatro paredes de blanco, pero le sobrevino la idea de que iba a hacer demasiado frío. También se le había ocurrido pintarlo todo de negro, pero se le hacía muy hipócrita.

Observó el maniquí, aquel pelele muerto que yacía inerte sobre una mesa de metal, rodeado con cuerdas que le inmovilizaban y le ahorcaban. Lo observó y lo observó, durante segundos, y lo observó durante minutos, sin moverse del sitio. No lo analizaba, ni le buscaba una explicación a algo que era obra suya, simplemente lo observaba. Lo observaba y pensaba. Porque cada uno sufre como puede y hasta donde le permiten llegar sus límites sin que se rompa. De eso entienden mucho el cristal y la porcelana.

Comenzó a caminar en círculos alrededor de la mesa. ¿Por qué en círculos? Porque todo siempre vuelve, pero son otros pasos los que caminan por encima. Según avanzaba, miraba las paredes rojas de la habitación, aquellas que no había querido llenar de cuadros basura para que no ensuciaran la belleza del color carmesí. Aquello era arte, el vacío profundo e inmenso que dejaba la superficie mareante del mismo tono intenso y vibrante. A la perfección siempre le faltaba un color.

No obstante, se paró en seco. Volvió a fijar sus ojos en la cabeza del muñeco sin vida que había tendido sobre la mesa, y poco a poco su mirada lastimera recorrió todo el material del que estaba hecho. Agarró uno de los cordeles que se cerraban alrededor de su cuello, y tiró con fuerza. No esperaba que pasase algo, y eso fue lo que pasó. Nada.

De su bolsillo, sacó un rotulador negro, y dibujó un número en la cara del muñeco. ¿Qué número fue? Imaginaos el que queráis, nos reservamos el derecho a secretos. Volvió a tirar del cordel, y esta vez una sensación de tranquilidad invadió su cuerpo. Aquella habitación no tenía ventanas, y el maniquí no podría huir.

Se acercó a otro trozo de cuerda, y tiró. Y se acercó a otro trozo de cuerda, y tiró. Y se acercó a otro trozo, y tiró. Y estuvo así, hasta que tiró tan fuerte que separó la mano del muñeco de su brazo. Por suerte era articulable, y solo tuvo que agacharse para recogerla y volver a colocarla en su sitio. Todo vuelve a su sitio, a su forma, a ser lo que era, pero distinto. Ese brazo, aunque el mismo, había sido interrumpido en su continuidad. Ya no era el de antes.

Suspiró hondo. Sentía la tranquilidad llenando sus huesos. Dio media vuelta, se acercó a la puerta y salió de la habitación roja.

Se puso el uniforme, cogió sus cosas, llamó a su pareja, y tras una cursi frase de amor y un café, se fue a trabajar.